martes, 15 de noviembre de 2011


A partir de ahora creo que sólo me gustarán los domingos cuando tú me despiertes y me traigas el desayuno a la cama. Cuando puedas besarme en todos los rincones de tu casa, hasta acabar en el suelo. De mirarte y morirme de ganas de que me vuelvas a descubrir. De que me mires como si no importase que el mundo siga su camino fuera. Reírme todo el día, y que pienses que estoy un poco loca. Que aunque a veces me tiemblen las piernas, me encanta que me quites el pijama a tu antojo, que me duches mientras me quejo de que no hay suficiente espacio, del frío o de mi pelo mojándose. Que me calles con un beso y que yo entienda que, entonces, no hace falta nada más. Que el peso de las palabras nunca sea el mismo. Que no creo que cambiase nada aunque pudiese. Que los abrazos son la única arma que tenemos para que las dudas se disuelvan. Para estirar la sonrisa como si fuese de goma, sin miedo a que vuelva a romperse. Siempre preferí darlo todo aunque me jugase los huesos en cada resbalón. Menos mal que luego podemos lamernos las heridas.