Se quisieron por cada poro de su piel, con toda la
fuerza de un huracán. Las palabras siempre los separaban, la distancia era un
arma de doble filo. Cada vez que llovía caminaban sobre el asfalto mojado y la
cabeza se llenaba de historias inconclusas, de ganas de llegar a los brazos de
alguien detrás de la puerta... Cuando salía el sol sólo tenían ganas de
correr, y quién sabe, quizá tropezaban en el camino con la sombra del otro. Los
días se volvían eternos, las ganas se disfrazaban de sonrisas imposibles de
dejar dentro. Pasan como relámpagos los recuerdos, un beso en plena noche de
agosto, un día de viento al lado del mar, una noche fría entre calles
desiertas, una guerra de cosquillas, las manos que juegan más de la cuenta…
Los nervios absurdos del primer día, los del segundo, el tercero y hasta el
último.
Las cuestas son cada vez más empinadas, los obstáculos más altos, los cuerpos
más distantes, el frío cala más hondo a través de la piel y los suspiros tienen
tantos significados detrás que faltaría toda una vida para descifrarlos. Sus
mentes juegan a pensar que a pesar de todo no hay nada imposible, pero el
corazón sigue estando escondido por miedo a naufragar. Y cierran las ventanas
por si la tormenta los despierta de su sueño, pero todavía no hay espacio
suficiente para dos en una cama, el cuaderno que está sobre la mesa tiene
demasiados rayones, y con algo estropeado nadie se atreve a jugar.