Saber que no tienes a quien acudir en ningún momento, que no tienes a quien poder contarle tus victorias conseguidas con tanto esfuerzo, con tanto empeño, duele. Sentir esa sensación de vacío día tras día, a cada movimiento hecho, a cada paso dado. Sentir nostalgia por el tiempo pasado, un tiempo que no regresara, una felicidad que se ha esfumado para siempre hasta no llegar a recordar cómo era, cuáles eran sus síntomas. No recordar los ratos de risas que acaban en lagrimas, las interminables charlas por teléfono o el simple hecho de saber que tienes alguien a tu lado, alguien que te apoyara y te escuchara, que te ayudara y te comprenderá, que calmara tus llantos cuando haga falta, duele. Saber que las únicas personas que son capaces de hacerte volver a sentir esa felicidad, volver a hacerte sonreír de esa manera están a miles de kilómetros de ti, duele, más que la traición de alguien querido, más que el rechazo de quien más deseamos. Sentir que el mundo se derrumba bajo tus pies y no saber cómo hacer que pare, esa lucha día a día por mantener el brillo en los ojos, esa pizca de felicidad que hace falta para levantarnos cada día e ir a por todas, esperar que todo se solucione poco a poco, mantener esa pequeña luz en tu interior de esperanza. |