sábado, 24 de marzo de 2012


Se quisieron por cada poro de su piel, con toda la fuerza de un huracán. Las palabras siempre los separaban, la distancia era un arma de doble filo. Cada vez que llovía caminaban sobre el asfalto mojado y la cabeza se llenaba de historias inconclusas, de ganas de llegar a los brazos de alguien detrás de la puerta... Cuando salía el sol sólo tenían ganas de correr, y quién sabe, quizá tropezaban en el camino con la sombra del otro. Los días se volvían eternos, las ganas se disfrazaban de sonrisas imposibles de dejar dentro. Pasan como relámpagos los recuerdos, un beso en plena noche de agosto, un día de viento al lado del mar, una noche fría entre calles desiertas, una guerra de cosquillas, las manos que juegan más de la cuenta…
Los nervios absurdos del primer día, los del segundo, el tercero y hasta el último.
Las cuestas son cada vez más empinadas, los obstáculos más altos, los cuerpos más distantes, el frío cala más hondo a través de la piel y los suspiros tienen tantos significados detrás que faltaría toda una vida para descifrarlos. Sus mentes juegan a pensar que a pesar de todo no hay nada imposible, pero el corazón sigue estando escondido por miedo a naufragar. Y cierran las ventanas por si la tormenta los despierta de su sueño, pero todavía no hay espacio suficiente para dos en una cama, el cuaderno que está sobre la mesa tiene demasiados rayones, y con algo estropeado nadie se atreve a jugar.